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Regreso a clases 2017



¿A qué deberían ir los niños a la escuela?

En Colombia hemos aplazado el debate en torno a los fines de la educación. Sin abordarlo, no será posible mejorar la calidad de la educación, y mucho menos que logremos convertirnos en el país más educado de América Latina.

En Colombia hemos carecido de política pública en educación. Andamos como inmigrantes: a la deriva. Cada nuevo ministro llega con una nueva agenda. Tenemos políticas de gobierno, pero no de Estado. Y por ello, como país no hemos abordado las reflexiones esenciales sobre los fines de la escuela, los modelos pedagógicos, los fundamentos y la pertinencia del currículo, la formación de docentes o la naturaleza de la educación inicial, entre otros. El más serio intento por abordar estas temáticas fue en 1994, cuando la gigantesca movilización de docentes culminó con una Ley General de Educación. Sin embargo, el peso desproporcionado que alcanzaron los aspectos administrativos durante los gobiernos de Pastrana y Uribe hizo abortar este esfuerzo inicial. Doce años continuos de abandono de lo pedagógico produjeron una gran contrarreforma educativa que a la postre terminó por anular las grandes discusiones pedagógicas que se habían gestado durante el gobierno de Ernesto Samper. También a ello contribuyó el abandono de FECODE del movimiento pedagógico que había impulsado en los años 80 del siglo pasado y su casi exclusiva dedicación a la reivindicación gremial del magisterio. Es por ello que en las dos últimas décadas el país no ha vuelto a pensar en serio en torno a un proyecto educativo de largo aliento. De esta manera, la reflexión pedagógica se ha concentrado excesivamente en aspectos coyunturales. En estas líneas me referiré a uno de los debates pedagógicos pendientes: El currículo.

La visión fragmentada, informativa y desarticulada que ha dominado la educación en Colombia ha conducido a una idea totalmente equivocada a nivel curricular y es que, ante cualquier nuevo problema, debe aparecer una nueva asignatura. La idea mágica que subyace es que la cátedra creada lo resolverá. Así aparecieron múltiples asignaturas en la última época: La de tránsito, finanzas, cooperativismo, educación sexual, paz o emprendimiento, para citar algunas de ellas. Sólo en las dos últimas legislaturas del Congreso se promovieron iniciativas para crear 16 nuevas cátedras. La gran mayoría de ellas fueron pensadas y diseñadas por congresistas que carecen de los mínimos elementos para realizar una reflexión pedagógica que amerite ser comentada en estas líneas. Una y otra vez se ha impuesto esta visión en el currículo nacional. Y por ello, hoy los jóvenes tienen que enfrentar hasta quince asignaturas en cada uno de los grados. Y también por ello, matemáticas no tiene nada que ver con sociales, ni educación física está relacionado con artes; como tampoco lo está lenguaje con ciencias naturales. Son congregaciones de islas o pequeños árboles de navidad recargados de adornos, según el símil del senador Juan Manuel Galán en el reciente debate que promovieron quienes quieren retornar a una Constitución más clerical, excluyente y discriminante.

La idea que sustentaré en estas líneas es en extremo sencilla. En lugar de quince asignaturas desligadas, toda la educación básica debe estar concentrada en desarrollar tres esenciales competencias transversales: pensar, comunicarse y convivir. En últimas, los estudiantes deberían ir al colegio a aprehender a pensar, comunicarse y convivir. Todo lo demás es superficial al lado de esas tres esenciales competencias en la vida. Por ello, todas las asignaturas de todos los grados y todas las áreas deben desarrollarlas. Así se garantizaría que desapareciera uno de los factores que más explica la baja calidad: el trabajo desarticulado de los docentes en las instituciones educativas.

De esta manera, el desarrollo de la competencia para interpretar puede considerarse la meta cognitiva más importante del proceso educativo durante la educación básica. No se requiere tener en la cabeza la información exacta sobre los accidentes geográficos, los presidentes, los algoritmos, la gramática o los símbolos químicos, como equivocadamente había supuesto la escuela tradicional. Ahora bastará con una tecla de un computador o un celular para acceder a cualquier información necesaria. Lo que sí necesitamos es que los jóvenes sepan dónde y cómo encontrar la información y que tengan los conceptos previos para interpretarla. Que puedan trabajar hipotética y deductivamente con ella; es decir, requerimos competencias para argumentar, deducir, inferir e interpretar. Así como los deportistas necesitan ejercitar sus músculos, niños y jóvenes tienen que ejercitar una y otra vez sus procesos para pensar. La escuela tendríamos que convertirla en un verdadero gimnasio para pensar.

Pero, por importante que sea, la finalidad cognitiva no basta. Necesitamos que los niños y jóvenes desarrollen competencias que les faciliten la comunicación con los demás. La escuela tiene que ser un lugar para aprender a hablar, escribir, escuchar y leer. Estas son competencias sin las cuales no se puede convivir de manera adecuada en el siglo XXI.

Hoy estas competencias tendrán que desarrollarse con diferentes lenguajes y discursos, ya que los niños no sólo se enfrentan a textos escritos. Niños y jóvenes están diariamente expuestos a comunicaciones visuales en afiches, propagandas y en el cine. Varias veces al día interactúan de diversas formas en la red. En este contexto, no tiene sentido que la escuela siga mediando exclusivamente el lenguaje escrito.

Finalmente, pero no por ello menos importante, habría que desarrollar las competencias para convivir con los otros; en muchísimo mayor medida en un país que por primera vez en décadas tiene la histórica oportunidad de decidir si continúa la guerra o si comienza a respetar y valorar las diferencias y a convivir en paz. Si le seguimos apostando a la exclusión, la ira y la amargura, o si nos decidimos por la alegría y la esperanza. Estas competencias están asociadas a lo que Gardner llamó la inteligencia intra e interpersonal. Es decir, son las competencias que nos ayudan a conocernos, comprendernos y a convivir con los otros de manera civilizada. Por ello, algunos pedagogos las llaman competencias ciudadanas.

La escuela tiene que enseñarnos a convivir con quienes son diferentes a nosotros porque tienen diversas razas, idiomas, religiones, culturas, estratos, géneros o inclinaciones sexuales. La escuela no puede concentrarse únicamente en la dimensión cognitiva y no debe trabajar exclusivamente algunas zonas del cerebro. Necesitamos que se convierta en un espacio en el cual desarrollemos intereses y fortalezcamos la autonomía y la solidaridad. Necesitamos formar individuos que se comprendan a sí mismos, a los otros y al contexto. Necesitamos individuos más éticos, sensibles e integrales, y eso sólo lo resolveremos si entendemos que el trabajo en la dimensión ética, valorativa y ciudadana es una responsabilidad de todos los docentes.

Pero nada de lo anterior será posible si no resolvemos de manera colectiva, reflexiva y argumentada la pregunta central en educación: Hoy en día, ¿a qué deberían ir los niños y jóvenes a las escuelas? Y ello no es posible responderlo si no garantizamos un currículo más pertinente para formar los niños y jóvenes que requiere la sociedad del siglo XXI. En este debate, diversos países de América Latina nos llevan una ventaja casi inalcanzable. Precisamente, por ello, hay que iniciarlo cuanto antes.

Tomado de www.semana.com
Por Julián De Zubiría



¿Sirven las tareas escolares?

Parlamentarios, investigadores, padres de familia y educadores han pedido la abolición de los deberes extraescolares. ¿Es razonable su propuesta?

En noviembre del año pasado, en España, los padres de familia se revelaron y marcharon para pedir la eliminación de los deberes escolares de sus hijos. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud ha dicho que ve muy limitado su impacto y pide su abolición; al mismo tiempo, algunos parlamentos, en diversos países del mundo, han terminado por prohibir las tareas en casa. En Colombia, el Instituto Pedagógico (IPN) ha decidido eliminarlas recurriendo a argumentos similares, a los que se suma la presunción de que limitan el tiempo libre de niños y jóvenes para hacer deporte, socializar o simplemente para descansar. Aun así, me temo que sus detractores cometen un error elemental, pero muy generalizado: confunden los síntomas con la enfermedad. Ven la fiebre, pero no la infección que la está produciendo. Sin duda, si evaluamos el impacto sobre el aprendizaje de resolver múltiples algoritmos en casa, la conclusión será que no lo favorece. Lo mismo encontraremos si hacemos un seguimiento para ver de qué sirve escribir infinidad de planas, copiar la biografía de un prócer, hacer listados de plantas, accidentes geográficos o reglas ortográficas. Y no hallaremos una respuesta diferente si de lo que se trata es de copiar apartes del libro al cuaderno, construir el sistema solar con esferas de icopor o responder preguntas mecánicas y repetitivas, como efectivamente suele preguntársele a los niños y jóvenes colombianos en la mayoría de ejercicios que los docentes dejamos a los alumnos para sus casas. Esas tareas no sirven y no ayudan al aprehendizaje, porque no favorecen la reflexión, la interpretación, la convivencia, el diálogo o a la lectura reflexiva, entre otros. Son impertinentes. De eso no hay duda. Eso es lo que demuestran dichas investigaciones, pero nada más.

En lo que se equivocan los contradictores de las tareas en casa es en no identificar adecuadamente el problema: La enfermedad no está en las sábanas. Las tareas son impertinentes, porque también lo es el modelo pedagógico que las genera. El que está enfermo es el sistema educativo basado en la trasmisión de informaciones. No tiene sentido que, en pleno siglo XXI, la mayoría de las clases sigan consistiendo en transmitir datos fragmentados a los estudiantes. No obstante, ese modelo logra sobrevivir, porque sigue siendo el que domina la representación de las Secretarías y los Ministerios de Educación, las editoriales y los medios masivos de comunicación. También, porque los padres y maestros –casi sin saberlo– lo defienden en sus prácticas, aunque lo rechacen verbalmente. Lo que hay que acabar es el modelo pedagógico tradicional sustentado en la transmisión de la información y las tareas que genera. Tanto estas clases como estos deberes, deben ser completamente abandonados. No deberíamos ir a la escuela a aprender informaciones. Mucho menos si son impertinentes y descontextualizadas.

Pero si las clases consistieran en ejercitar el pensamiento. Si en ellas se trabajara sobre situaciones hipotéticas; si fortaleciéramos en el aula la clasificación, las competencias investigativas y las deducciones; si fuéramos a los colegios a aprehender a argumentar y a hacerle preguntas a la vida, o si la escuela fuera un espacio democrático y participativo para favorecer la tolerancia y el respeto a la diferencia, la situación sería muy distinta.

En cualquiera de los casos anteriores, las tareas no desaparecerían, sino que tendrían que reinventarse. Podríamos, por ejemplo, pedirles a los alumnos que llevaran ideas o preguntas originales a las clases o que entablaran diálogos con los padres y abuelos sobre cómo era la vida cuando ellos eran niños. Podríamos, mediante tareas, conocer las aspiraciones, los hitos en sus vidas o las angustias de sus compañeros. Podrían consistir en cambiar el final de un cuento o en encontrar diversas estrategias para resolver el mismo problema. Si hiciéramos eso, las nuevas tareas generarían nuevas preguntas, ideas y soluciones creativas a problemas ya resueltos. Si los niños aprehendieran a leer y escribir en la escuela, las tareas serían otras. Si los niños aprehendieran a pensar en los colegios, las nuevas tareas podrían desarrollar sus procesos cognitivos y la reflexión y conciencia sobre ellos, o metacognición.

En consecuencia, comparto plenamente la necesidad de replantear por completo las tareas. Pero lo que pienso es que hay que ir mucho más allá. Hay que volver a pensar el sentido y el fin de la escuela. Hay que garantizar que vayamos a la escuela a cosas muchísimo más importantes de las que hoy lo hacemos. Si hiciéramos esa profunda reforma en los fines, los currículos y los sistemas de formación de los docentes, sin duda, aparecerían nuevas y creativas tareas que ayudarían a consolidar los procesos cognitivos y valorativos de los estudiantes. Serían tareas más breves y creativas para los niños, y más profundas, reflexivas y diversas para los jóvenes. Enfatizaríamos más en la relectura y la reescritura. En la duda y la reflexión, que en la certeza. En la pregunta, que en la respuesta. En el compartir y colaborar, que el competir.

Lo que necesita el país no es acabar las tareas, sino con un modelo pedagógico tradicional enquistado en el sistema educativo colombiano. En un mundo en el que tenemos acceso a casi todas las informaciones con tan solo teclear una tecla del computador o del celular, necesitamos y podemos abandonar por completo la transmisión de la información como la finalidad de la escuela. La información está al alcance de todos en las redes, los satélites, las memorias externas y en los computadores. No tiene sentido seguir transmitiendo informaciones en las clases y solicitándolas luego, en las tareas escolares y en las evaluaciones. Como puede verse, lo que necesitamos en una verdadera revolución que ponga el desarrollo humano en el centro de todo proceso educativo. Si los padres quieren más tiempo con sus hijos, ojalá apaguen los televisores y salgan a los parques y las ciclovías a compartir con ellos. Si los padres quieren compartir más tiempo, ojalá no conviertan los centros comerciales en las nuevas iglesias del siglo XXI. Tiempo de sobra tendría un niño si perdiéramos menos en una educación trivial, en los centros comerciales o frente a los televisores.

Pero si vamos a construir escuelas que favorezcan el desarrollo, ello no será posible si al mismo tiempo no impulsamos un cambio cultural. Lo que nos muestran los estudios es que los niños ven televisión en exceso y que interactúan hasta la saciedad en las redes. Lo que está en cuestión no es que les falta tiempo; lo que les falta son padres, madres y hermanos para que dialoguen e interactúen con ellos en sus casas. También les faltan vecinos y primos para jugar y compartir en el parque. No están los niños agobiados de tiempo. Lo que los agobia es la falta de posibilidades para hacer deporte en los espacios libres, actividades culturales y artísticas en los barrios, y, sobre todo, diálogo, juego y conversación profunda en sus casas. Por eso es que viven conectados al computador y al televisor. Cuando enviemos a los anaqueles de la historia esta escuela que hemos construido a imagen de las fábricas y, al hacerlo, repensemos la educación y el modelo pedagógico, también replantearemos las tareas. Porque si en clases enseñamos a pensar, a convivir y a comunicarse, en la casa lo que deberán hacer los niños es seguir pensando, formulando nuevas preguntas, creando nuevos espacios e interactuando con amigos y hermanos. Sin duda, habrán desaparecido estas tareas impertinentes que hoy dominan la educación colombiana. Pero antes de ello, habrá desaparecido una escuela pensada para formar empleados y trabajadores de bajo nivel y que sean fácilmente manipulables por los intereses políticos y económicos que hoy nos gobiernan. Intereses, que siguen ajenos a las necesidades del desarrollo humano.

*Director del Instituto Alberto Merani y Consultor en educación de las Naciones Unidas (@juliandezubiria)

Tomado de www.semana.com
Por Julián De Zubiría Samper



¿Vienen las nuevas generaciones con un “chip” incorporado?

Hemos oído múltiples veces decir a profesores y padres de familia que las nuevas generaciones vienen con un “chip” incorporado. ¿Tienen razón?

Los jóvenes viven en un mundo virtual. Se comunican por WhatsApp, intercambian fotos en Instagram, mensajes en Twitter y amigos en Facebook. Pasan la mayor parte del tiempo conectados a redes de intercambio de imágenes, archivos y opiniones. Ven cine y televisión en la red, desde el celular, a la hora y al ritmo que deseen. Allí también leen, miran fotos, definen las rutas que tomarán en el carro, escuchan música, invitan a sus fiestas, entablan amistades, bloguean, envían mails y chatean. Reinventaron las redes para comunicarse. Sin duda, es una nueva realidad cultural, más ligada a la imagen y al movimiento que a la palabra y a la reflexión. Se impusieron la inmediatez, la simultaneidad, la globalidad y la dispersión. Los mensajes cortos sustituyeron los argumentos y el auto-concepto comenzó a evaluarse por el número de seguidores, de “momentos” y de “me gusta”, conseguidos. Con ello, cambió para siempre la circulación de informaciones entre los seres humanos y se destronó a la escuela del monopolio que durante siglos ejerció en la transmisión de informaciones a las nuevas generaciones.

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Pese a ello, no es cierto –como a veces creen sus padres y profesores– que los niños lean poco porque pasan demasiado tiempo frente al computador. Lo que ocurre es que leen distinto a como lo hacían las generaciones anteriores. Pero su lectura es mucho más compleja por la simultaneidad de imágenes, la incorporación de rutas que simulan los fractales y la flexibilidad que exige. Es más, si de tiempo y volumen se tratara, los estudios nos muestran que leen más que las generaciones previas. Tampoco es cierto que no socialicen porque están absorbidos por la pantalla de su computador. En realidad, interactúan de manera diferente con conocidos y desconocidos. Priman las interacciones virtuales: el chateo y el mail han desplazado a la palabra y al contacto directo.

Esta nueva realidad ha llevado a los padres a afirmar que sus hijos vienen al mundo con un nuevo “chip” incorporado. Ellos ven la gran facilidad con que acceden al mundo digital y concluyen que son “expertos tecnológicos”. Siete de cada diez jóvenes así lo creen y también sus propios padres. Sin duda, los jóvenes son buenos para operar en el mundo virtual, pero, por paradójico que parezca, lo comprenden muy poco, por una sencilla razón: su saber es instrumental, muy distinto a un saber conceptual, reflexivo y profundo. Por ello, cometen errores infantiles cuando se comunican e interactúan virtualmente, algo que obviamente, no les sucedería si fueran expertos. En esencia, comprenden poco el sentido y el significado de la virtualidad. Veamos por qué.

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En Inglaterra, según concluye la investigadora argentina Roxana Morduchowicz, sólo uno de cada diez jóvenes distingue entre los anuncios y el contenido, y cuatro de cada diez creen que todo lo que está en Internet es verdad. Si no se distingue entre el contenido y la propaganda y si se cree que lo que aparece en la red necesariamente es verdadero, en realidad, eso por sí solo demostraría que no se comprenden las características y la naturaleza de las redes. Al mismo tiempo que vivimos en la sociedad de la información, también podríamos decir que estamos en la era de las desinformaciones y la manipulación virtual, tal como trágicamente lo comprobamos en dos de las grandes elecciones del año 2016 en el mundo. El año anterior triunfaron las tesis xenofóbicas y excluyentes de Trump en EEUU, debido al miedo que generó frente a las supuestas acciones de los inmigrantes y los terroristas. También ganó en Colombia la resistencia civil contra la paz, gracias a la manipulación emocional que se valió del temor ante la supuesta llegada del “castrochavismo”, o ante la “generalización de la homosexualidad” y la “destrucción de la familia” que se generaría si triunfaba el proceso de paz. Las notorias debilidades en la educación básica fueron decisivas en los triunfos de Trump y del No, los que a la postre significan grandes riesgos para la democracia en EEUU y en Colombia.

De manera análoga, los jóvenes son fácilmente engañados en las redes por violadores y estafadores que simulan ser niños. Los delincuentes tan sólo cambian su foto y ya está hecha la trampa. Les endulzan el oído, les suben el autoestima, las hacen sentir mujeres y las preadolescentes caen ante un estafador disfrazado de joven interesante y apuesto. También aprovechan la red los malandros que quieren acceder a los discos duros, las claves bancarias y los correos de sus contactos.

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La indiferenciación entre verdad y simulación les impide a los jóvenes distinguir la calidad de las fuentes consultadas, algo esencial para quien quiere usar la información con fines ligados al desarrollo conceptual y académico.

Pero algo que es especialmente grave es que los jóvenes no se han dado cuenta de que en el mundo digital no existe el borrador. Por ello son presa fácil del “cyberbullying”. Es así como las fotos que ingenuamente les envían las niñas a sus novios, las harán depender de ellos a perpetuidad; lo que dijeron en la red, allí quedará grabado, como muestra de quiénes fueron meses o años antes. En la red, no existen los borradores que teníamos en las máquinas de escribir y en los computadores. Lo escrito queda fijado en piedra, y lo enviado lo será hasta la eternidad. Una foto o un video pueden convertirse en una tragedia para niños y jóvenes, semanas o días después. Y casi todos tienen la manera de tenerlas al alcance en su propio celular. Sería la prueba reina de una oculta homosexualidad, traición, beso, rechazo o angustia. En segundos, son millones quienes tienen acceso a nuestras debilidades reales o inventadas. Y la mayoría de los jóvenes todavía no se han dado cuenta de ello.

En consecuencia, no es cierto que los niños vengan con un “chip” incorporado. El saber que tienen sobre la virtualidad no es conceptual, reflexivo y profundo, por una razón muy sencilla: fue adquirido de manera directa, mediante el “cacharreo” y la experimentación empírica. Le falta mediación, reflexión, retroalimentación, interpretación y preguntas; algo que sólo los buenos docentes y las buenas escuelas pueden lograr.

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Lo que se infiere de la reflexión anterior es la imperiosa necesidad de elevar el trabajo educativo en torno al mundo virtual. Necesitamos incorporar el chateo al aula de lenguaje. Hay que cualificarlo en clase de escritura. Pero, sobre todo, hay que consolidar las competencias digitales de los niños y los jóvenes. Para ello necesitamos mediar su acercamiento a lo virtual. El desafío de la escuela es enseñar a niños y jóvenes a saber cómo, dónde y qué buscar en las redes. A diferenciar los contenidos de la publicidad, a llevarlos a que se pregunten sobre la calidad y confiabilidad de las fuentes, las intenciones que ocultan y la información que esconden sus autores. Necesariamente hay que invitarlos a que lean materiales con tesis e interpretaciones opuestas para fortalecer la lectura crítica. A que miren no sólo lo que dicen, sino también, y muy especialmente, lo que no dicen. Deben aprehender a leer críticamente los textos, videos, mensajes y fotos que encuentren en la red. Debemos llevar televisores, computadores y celulares al salón de clase, para garantizar un acercamiento mediado al mundo virtual. Si no lo hacemos, quienes se convertirán en los profesores de niños y adolescentes serán los políticos, que quieren manipular el miedo para que sigan triunfando sus intereses, los comerciantes, que quieren aumentar las ventas explotando las debilidades de nuestro pensamiento y los nuevos estafadores, que logran engañar preadolescentes ingenuas, que, aunque caen en sus redes, se creen expertas en el mundo digital, porque oyeron una y otra vez a sus padres decir que ellas lo eran.

*Director del Instituto Alberto Merani es consultor de Naciones Unidas en educación para Colombia. @juliandezubiria

Tomado de www.semana.com
Por Julián De Zubiría Samper



¿Cuáles son las 5 ocupaciones del futuro?

La educación también se ha visto impactada por el desarrollo tecnológico y cada vez son más los programas, carreras y especializaciones que surgen en torno a las demandas de la era digital. Estos son los nuevos oficios que darán de qué hablar en los próximos años.

Si no ha escuchado la palabra ‘SEO’, tiene un sitio web y quiere que sea exitoso, es tiempo de familiarizarse con el término. Y si pensaba que tener una cuenta en Facebook solo sirve para contactar a amigos del pasado, está desperdiciando muchas de las ventajas que ofrecen las redes sociales para su empresa.

Semana Educación seleccionó los programas, profesiones y especialidades que han ido tomando fuerza debido al impulso de las nuevas tecnologías y a las demandas del mercado.

Community manager

Con la expansión de Facebook en Latinoamérica en 2007 y con la aparición de las llamadas ‘fan page’, se dio la oportunidad a los usuarios de evidenciar sus preferencias por medio de la opción ‘me gusta’. El éxito de este modelo fue tal que las empresas comenzaron a crear las suyas propias y a planear de una forma más organizada la creación de contenido para redes.

Hacia mediados de 2009 surgieron las primeras vacantes para cubrir el cargo de encargado de estas tareas de difusión de información corporativa, más conocido como community manager.

“Muchas personas como yo ya estábamos creando comunidades a partir de algún tema que nos gustaba. Sin saberlo, ya teníamos cierta experiencia administrando cuentas de Twitter, canales de Youtube, grupos o páginas de Facebook, y esto empezó a convertirse en algo que podía servir como trabajo, mucha gente podía emplearse así, en especial comunicadores sociales y publicistas”, comentó Ricardo Fraile Rojas, estratega de Social Media.

Fraile, quien lleva alrededor de siete años en el mundo de las redes sociales, se declara autodidacta y dice que los cursos son para la gente que quiere aprender rápido y no tiene la paciencia y el gusto de ir aprendiendo poco a poco.

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“Las redes sociales son muy intuitivas y los que sabemos de esto lo hicimos igual que cualquier otro usuario. Siempre que sale una red social nueva o alguna app se pone de moda no hay que leerse un manual”, manifestó el reconocido tuitero.

Sin embargo, la oferta educativa para formarse como community manager es cada vez más amplia y son muchas las universidades, como la Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad del Rosario y la Universidad Sergio Arboleda, que ya dictan cursos o diplomados en el área. El salario de este tipo de profesionales oscila entre los $400.000 y los $7’000.000.

Especialista SEO

El Search Engine Optimization o SEO es una técnica de marketing digital que logra que un sitio web esté dentro de los primeros resultados cuando se realiza una búsqueda en Google. Lo que hace un analista o especialista en SEO es entender cómo funciona el algoritmo del motor de búsqueda y así optimizar los sitios web para que puedan aparecer dentro de los primeros resultados. La clave del SEO es el contenido, la optimización y la estrategia.

“Esta es una función muy importante dentro del marketing digital, ya que es una de las principales fuentes para adquirir nuevos usuarios y, en el caso de un e-commerce, para llegar a nuevos clientes”, explicó Camilo Ramos, especialista SEO y de Email Marketing en BlackSip, una empresa de digital business.

La oferta académica para un SEO se ofrece como maestría en muchas universidades de Colombia. También con la posibilidad de estudiarlas a distancia.

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Un SEO junior puede ganar entre $1’500.000 y $1’800.000; los SEO senior, entre $3’000.000 y $5’000.000. “Sin contar con que, una vez te haces un nombre y una reputación en el sector también puedes empezar a hacer consultorías, donde puedes cobrar entre $2 millones y $4 millones”, recalcó.



Posicionar correctamente a una empresa en internet se ha convertido en una labor de tiempo completo en compañías de todos los sectores económicos.

Ingeniería software

La industria de las tecnologías de la información se consolida como un verdadero motor de desarrollo. De acuerdo con datos del Observatorio TI del Ministerio TIC, el subsector de software representó un porcentaje de 1,19% del PIB del país en 2015.

Los requerimientos de este tipo de personal no son exclusivos de las ciudades del interior, pues en Barranquilla y la costa Caribe de Colombia hay una gran demanda, según el estudio. Esto ha hecho que la formación académica pueda crearse allí mismo, con opciones como la especialización en ingeniería de software que ofrece la Universidad Simón Bolívar y que busca crear una dinámica de trabajo basada en la planificación, gestión, desarrollo y liderazgo de proyectos informáticos.

La aplicación de la ingeniería a un software está cada vez más ligada a la formación de profesionales con una visión socio-critica, que propongan soluciones desde la ingeniería de software a problemáticas industriales, académicas, gubernamentales y sociales.

Según una encuesta realizada por la firma Bunny Inc., especializada en brindar servicios para las industrias creativas en internet, un desarrollador de software en Colombia gana en promedio entre $5’000.000 y $7’500.000 al mes.

Emprendimiento e innovación

Las escuelas de administración y negocios en todo el mundo están replanteando sus ofertas en pro del desarrollo tecnológico, las nuevas plataformas digitales, las startup y la innovación. Y están yendo más allá en las ideas tradicionales de que el emprendimiento es simplemente aportar una idea dentro de la empresa.

En Colombia muchas instituciones de educación superior cuentan con escuelas de este nivel y ofertas de posgrado. Una de ellas la Graduate School of Business (GSB) de la Universidad del Rosario, que recientemente abrió cinco programas académicos de maestría, uno de ellos enfocado al emprendimiento y a la innovación.

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El concepto de emprendimiento, para ellos, “hace referencia a la capacidad que tienen los seres humanos para transformar problemas en oportunidades”; y, por eso, su pilar es impartir conocimientos que les permitan a los estudiantes identificar problemas, diseñar soluciones innovadoras e implementarlas en un entorno local, regional y global.

La multiculturalidad y el entorno global, la creatividad y el desing thinking, la generación de ideas, las estrategias de liderazgo y la gestión del cambio constituyen parte de la hoja de ruta de esta nueva tendencia educativa.

Gastrónomo

No todas las nuevas tendencias educativas están vinculadas al área informática. En el caso de la gastronomía, que se profesionalizó recientemente y es ofrecida por universidades prestigiosas, cada vez tiene más adeptos. En la Universidad de la Sabana, por ejemplo, el programa tiene una duración de cuatro años, con un costo de $11’700.000 por semestre.

Esta carrera tiene un importante enfoque administrativo, además de centrarse en la formación en estudios antropológicos alrededor de la cocina, en el manejo del inglés y francés, en la ingeniería de alimentos y en el desarrollo de las artes culinarias.

“El gastrónomo es una persona que sabe de cocina, pero también sabe el porqué de los platos que prepara”, confirmó Paula González, estudiante de séptimo de semestre de gastronomía en la Universidad de la Sabana.

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Durante este programa aprenden gastronomía del continente americano, Asia y un poco de África, pero principalmente de la cocina colombiana. El objetivo es rescatar las tradiciones del país mediante tres módulos educativos y una investigación.

Pese a que existen muchas escuelas de cocina, González comenta que cuando decidió entrar a la Universidad de la Sabana buscaba una formación integral. “Obviamente el tiempo y la inversión son mayores, pero he aprendido cómo gestionar una cocina, cómo debe funcionar y cómo se deben desarrollar platos en la parte creativa”, concluye.

¿Cuáles son las profesiones más demandas en otros países?

El portal web Glassdoor clasifica anualmente los 50 mejores puestos de trabajo en Estados Unidos y el Reino Unido, basados en el número de ofertas que existen, el salario y la calificación general de satisfacción de los trabajadores. Estos son los cinco cargos más apetecidos en estos países:

Tomado de www.dinero.com

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