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Lista la ruta que debe seguir la educación en los próximos diez años

El Ministerio de Educación presentó este 11 de octubre el Plan Nacional Decenal de Educación que guiará el sector hasta 2026.

Después de más de dos años de haber iniciado el proceso, el Ministerio de Educación Nacional (MEN) presentó el documento que señala cuál será la ruta que debe seguir el sector en los próximos diez años.

Bajo el nombre “Plan Nacional Decenal de Educación 2016 -2026, el camino hacia la calidad y la equidad”, el texto es el resumen de una metodología que empezó a tomar forma en julio de 2015, cuando se establecieron mesas de trabajo con el apoyo de la organización de Estados Iberoamericanos (OEI), Corea del Sur y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Desde entonces, en la elaboración de ese documento han participado 132 entidades público – privadas, 16 fundaciones, 292 instituciones de educación superior, 95 secretarías de educación, 32 expertos en educación, ciencia, tecnología e innovación y varias asociaciones estudiantiles. Estos grupos estuvieron divididos en tres comisiones: una, académica; otra, gestora, y una más de apoyo regional.

De igual forma se llevaron a cabo varios foros en treinta departamentos los que participaron más de 6 mil ciudadanos y se realizó una encuesta que reunió a un poco más de un millón de colombianos.

Tras ese proceso, se definieron diez puntos esenciales que indican cuáles serán las metas a las que el sector educativo deberá apuntarle de aquí a 2026. Esos desafíos, de manera muy resumida, son los siguientes:

1. Regular y precisar el alcance del derecho a la educación.

2. La construcción de un sistema educativo articulado, participativo, descentralizado y con mecanismos eficaces de concertación.

3. El establecimiento de lineamientos curriculares generales, pertinentes y flexibles.

4. La construcción de una política pública para la formación de educadores.

5. Impulsar una educación que transforme el paradigma que ha dominado la educación hasta el momento.

6. Impulsar el uso pertinente, pedagógico y generalizado de las nuevas y diversas tecnologías para apoyar la enseñanza, la construcción de conocimiento, el aprendizaje, la investigación y la innovación, fortaleciendo el desarrollo para la vida.

7. Construir una sociedad en paz sobre una base de equidad, inclusión, respeto a la ética y equidad de género.

8. Dar prioridad al desarrollo de la población rural a partir de la educación.

9. La importancia otorgada por el Estado a la educación se medirá por la participación del gasto educativo en el PIB y en el gasto del Gobierno, en todos sus niveles administrativos.

10. Fomentar la investigación que lleve a la generación de conocimiento en todos los niveles de la educación.

Esos diez objetivos deberán guiarse a su vez por cinco principio orientadores. El primero, es “contribuir con la construcción de la paz, la cultura ciudadana y el sentimiento de Nación. El segundo, se refiere a “impulsar el desarrollo humano, la sostenibilidad y la equidad de la educación”. El tercero apunta a “reducir los altos niveles de inequidad y las brechas regionales”. El cuarto recalca la necesidad de “ampliar los temas educativos en todos los ámbitos del Gobierno y la sociedad”. Y, finalmente, el quinto busca “entender la educación como una responsabilidad de la sociedad en su conjunto”.

En palabras de Carlos Augusto Hernández, delegado de la Universidad Nacional de Colombia en la Comisión Gestora, “no es posible hacer realidad ninguno de estos grandes propósitos sin la participación activa de las comunidades educativas de las distintas regiones. Sabemos que no es posible cumplir los grandes retos del Plan si no se logra el máximo de participación y de compromiso del conjunto de la sociedad con la tarea de construir paz y nación a través de la educación”.

“El documento incluye para cada uno de estos desafíos lineamientos generales y específicos que servirán como insumo a los Gobiernos venideros a la hora de establecer las políticas y estrategias que permitan garantizar una educación de calidad desde la primera infancia hasta la Educación Superior”, complementó la Ministra de Educación Yaneth Giha.

Sin embargo, ese propósito se enfrenta a un riesgo ineludible que recalcó hace un par de semanas Atilio Pizarro, jefe del área de planificación y evaluación para América Latina y el Caribe en educación de la Unesco: Colombia y, en general, la región, suele rotar con mucha frecuencia a los ministros de educación y por eso las políticas del sector cambian con constancia.

Tomado de El Espectador
Redacción educación



El oficio más bello del mundo

Discurso que Juan José Hoyos dio al recibir una distinción en el Premio de Periodismo Simón Bolívar.

Voy a contarles una historia. Llamémosla mi historia. Nací en la década del 50 en una familia de campesinos del oriente de Antioquia. Mi abuelo materno se llamaba Antonio Naranjo y era músico y maestro. Mi abuelo paterno se llamaba Juan de Jesús Hoyos. La gente lo llamaba Juanito. También era maestro y dedicó su vida a formar maestros para las escuelas de esa región.

Era conservador en el buen sentido de la palabra: no un hombre recalcitrante, ni racista ni fanático. Sentía como iguales a los que eran distintos y respetaba su forma de pensar. Todos sus hijos fueron liberales: hombres y mujeres de corazón limpio que amaban la libertad. Él los respetó no solo en su elección política, sino en su forma de ver la vida. Uno de ellos fue Mario Hoyos, mi padre. En 1934, él se casó con la única mujer que amó en su vida. Se llamaba Ana Luzmila Naranjo. La enamoró a punta de serenatas. Lo cual quiere decir que la música ha sido parte fundamental de mi vida desde antes de mi nacimiento.

Así será el Centro Gabo, en Cartagena

‘Los medios deben pensar sobre lo que eligen hacer visible’

Mi padre tuvo muchos oficios: fue alcalde, músico, secretario de juzgado, comerciante y dirigente político en la época de la República Liberal de los años 30 que trató, en forma fallida, de modernizar nuestro país. Sus jefes fueron Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Darío Echandía y Jorge Eliécer Gaitán. Uno de los pequeños tesoros que guardaba entre sus papeles eran los telegramas que ellos le enviaban. En 1944, cuando un sector del Partido Conservador liderado por Laureano Gómez, con la ayuda de los nazis alemanes, intentó dar un golpe de Estado contra el presidente López Pumarejo, mi padre estaba en Puerto Berrío y había fundado un periódico llamado ‘El Combate’. Desde sus páginas luchó por defender la libertad. El primer editorial lo escribió de su propio puño y letra y lo tituló ‘Por qué combatimos’. En 1948, mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Ese crimen cambió para siempre la historia de nuestro país. También, la de mi padre. Su negocio quebró. Un remolcador suyo que navegaba por el río Magdalena se hundió. El otro se incendió. Y un hijo suyo murió a los pocos días de nacido. Él, derrotado por la vida, fue a parar a Medellín con mi madre y sus pequeños hijos.

Una de las primeras historias que le escuché a Anita, mi madre, sobre esa tragedia fue esta: después del 9 abril de 1948, Puerto Berrío se alzó en armas y se declaró república independiente. Los aviones del Gobierno bombardearon el pueblo. Mi padre se salvó de morir gracias a su desgracia. Todos los concejales liberales de Puerto Berrío fueron llevados presos a Medellín, a la plaza de toros La Macarena. Me refiero a los que quedaron vivos porque a los demás los mataron... Anita iba todos los días a llevarles comida. Yo nací cinco años después en un barrio popular de Medellín, llamado Aranjuez, lleno de refugiados de esa guerra. Era, como su nombre, hermoso y tranquilo en esa época. Allí escuché toda esta historia en las voces amorosas de mi padre, mi madre y mi hermana Lila, que abrazó la misma profesión de mi abuelo Juanito: era maestra de escuela.

Mi vida, como la de todos los colombianos, dio un vuelco con el pacto de paz llamado Frente Nacional. Mi padre, fracasado en su carrera de músico, de dirigente político, de comerciante, de empresario maderero y de navegante, le pidió ayuda a mi tío Antonio Naranjo. Él, que era conservador, le consiguió un puesto de funcionario en la Secretaría de Gobierno de Antioquia. Mario trabajó varios años en muchos pueblos reemplazando alcaldes liberales y conservadores, sin más compromiso político que el de la rectitud. Finalmente fue a parar a la Secretaría de Gobierno de Medellín, donde trabajó como secretario e inspector de policía. Luego, se jubiló a fines de los años 60.

Cuento esta historia porque Mario Hoyos era un hombre que amaba los libros. La luz de la lámpara de su mesa de noche era la última que se apagaba en nuestra casa Cuento esta historia porque Mario Hoyos era un hombre que amaba los libros. La luz de la lámpara de su mesa de noche era la última que se apagaba en nuestra casa. Yo me quedaba mirándolo desde la penumbra de mi cuarto tratando de desentrañar ese misterio. Él mismo me ayudó a descifrarlo el día en que abrió un armario, sacó de él un viejo libro y lo puso en mis manos. Yo casi no era capaz de sostenerlo. Me dijo que era un diccionario. Juanito, su padre, se lo regaló. Esa fue su única herencia. Era un Larousse ilustrado del año 1929. Todavía recuerdo el olor a polvo y a humedad que se desprendía de sus hojas cuando las repasaba, maravillado, a mi regreso de la escuela. Pasaba horas enteras, tirado en el piso, contemplando sus grabados.

Cuando aprendí a leer en la escuela de mi barrio, yo lo esperaba todas las noches. Él llegaba con los bolsillos de su gabardina llenos de periódicos. Yo se los sacaba y lo acompañaba en silencio, leyéndolos, mientras él comía. Después, se los devolvía y él, ya en su cama, se ponía a leerlos. Yo me iba a mi cuarto a regañadientes porque quería quedarme conversando con él.

Esta pequeña ceremonia de todas las noches cambió mi vida. Mi primer documento de identidad fue el carnet de lector de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Creo que esta fue la época en que nació mi vocación por este oficio. Lo comprobé años más tarde cuando acabé el bachillerato y decidí estudiar periodismo en la Universidad de Antioquia y, luego, cuando empecé a trabajar en el periódico EL TIEMPO. Recuerdo que iba a visitarlo los fines de semana y pasábamos tardes enteras conversando. Hablábamos de los libros que estábamos leyendo. A veces, también, de alguna crónica que yo había publicado en el periódico. Cuando la Editorial Planeta publicó mi primera novela –‘Tuyo es mi corazón’–, él ya estaba casi ciego. Entonces me pedía que le leyera en voz alta uno que otro capítulo. A ratos me corregía una fecha, un nombre. Nunca he sido más feliz de haber abrazado este santo oficio de las letras.

Él murió dos años más tarde y ya no pudimos leer juntos jamás.

En 1985, renuncié a mi trabajo de reportero para dedicar más tiempo de mi vida a leer y escribir.

Mi compañero Alberto Donadio, quien también quería dedicarse a escribir y se estaba preparando para retirarse de EL TIEMPO, me escribió un mensaje que decía: “Bienvenido al exilio de los libros”.

Fue un exilio feliz. Dediqué más de 25 años a la formación de nuevos periodistas. En 1995, pedí una licencia para hacer realidad un viejo sueño de escribir un reportaje como los de mi maestro Germán Castro Caycedo y escribí ‘El oro y la sangre’, uno de los libros que más quiero.

Cuando volví a la universidad, me dediqué a leer revistas y periódicos colombianos de los siglos XIX y XX en su hemeroteca. Allí realicé otro sueño: el de contar la historia de los reporteros olvidados de mi país que consumieron sus vidas escribiendo crónicas y reportajes. El libro se llama ‘La pasión de contar’. Solo diré algunos nombres: Francisco de Paula Muñoz, El Caballero Duende, Guillermo Pérez Sarmiento, José Joaquín Jiménez, Jaime Barrera Parra, Orlando Perdomo, Germán Pinzón, Juan Roca Lemus, Jairo Zea… También me dediqué a leer a los periodistas liberales y radicales de Antioquia: Emiro Kastos, el Indio Uribe, Antonio José Restrepo, y alguien que no era de mi tierra pero eligió ser enterrado en ella: Jorge Isaacs, nuestro más grande escritor del siglo XIX. A todos ellos quiero invocarlos hoy.

En el año 2003 decidí volver al periodismo. Es muy difícil abandonar para siempre el oficio que uno ama. Dediqué otra parte de mi vida a refundar la editorial de mi universidad y a revivir la entonces desaparecida ‘Revista Universidad de Antioquia’, la más antigua e importante revista universitaria de mi país.

En el año 2003 decidí volver al periodismo. Es muy difícil abandonar para siempre el oficio que uno ama. Esta vez empecé a trabajar como columnista de El Colombiano. También volví a escribir crónicas y reportajes para las revistas ‘El Malpensante’, ‘Semana’, ‘Cambio’ y ‘SoHo’. Y seguí escribiendo literatura, casi en secreto. Entonces ya sabía que ganarse la vida escribiendo literatura en un país como Colombia es una tarea de gigantes. Que lo diga Martha, la compañera de mi vida. Que lo digan Juan Sebastián y Susana, mis hijos.

El resto de mi historia es corta. Seguí escribiendo. ¿Periodismo? ¿Literatura? No sabía muy bien lo que estaba haciendo hasta que el escritor Álvaro Cepeda Samudio me enseñó que el periodismo es literatura de urgencia.

Cuando volví al periodismo me di cuenta de que nuestro oficio había cambiado no solo con la radio y la televisión, sino sobre todo con internet. Ya no importaba contar historias, sino escribir noticias a una velocidad de vértigo.

Sentí que la velocidad nos impide ver lo que pasa a nuestro alrededor. Y no nos deja entendernos, ni siquiera a nosotros mismos. Mucho menos nos permite comprender el sentido de lo que hacemos. La velocidad marea. No nos deja escuchar a nadie. Ni siquiera al otro: la tarea más bella y significativa de este oficio. La velocidad nos convierte en esclavos de la agenda noticiosa que imponen cada día los que la fabrican. Y acabamos por convertirnos en propagandistas de la violencia colectiva, en idiotas útiles de quienes se benefician de esa violencia.

En un país como el nuestro, hundido en un conflicto social y armado tan complejo, la velocidad es uno de los peores obstáculos para encontrar la verdad, razón de ser de nuestro oficio. La velocidad nos hace informar de la matanza de hoy olvidando la de ayer. Nos obliga a renunciar a la memoria, la única que puede explicarnos el presente.

Después de pensar en todas estas cosas, hoy quiero recordar uno de los pensamientos más bellos sobre el oficio del periodismo. Mucha gente lo atribuye a Gabriel García Márquez porque fue él quien volvió a ponerlo en boca de todos en la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) celebrada en Los Ángeles en 1996.

García Márquez definió el periodismo como una pasión insaciable. “Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida”, dijo. “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

También citó la frase del escritor francés Albert Camus cuando era redactor jefe de ‘Combate’, el diario clandestino de la resistencia francesa durante la época de la ocupación nazi, en la Segunda Guerra Mundial.

Cuentan sus compañeros que una noche, después de una larga jornada, cuando estaban tomándose unas copas luego de dejar la edición del día siguiente en los talleres de impresión, Camus gritó entusiasmado. “¡El periodismo es el oficio más bello del mundo!”. Y los invitó a brindar.

Camus empezó a trabajar en el periodismo desde los 25 años, cuando vivía en un barrio popular de Argelia habitado por trabajadores árabes y franceses. Entonces era un joven escritor desconocido y estaba enfermo de tuberculosis.

Años más tarde, cuando estalló la guerra y ya vivía en París, se vinculó a ‘Combate’, y luchó desde sus páginas contra la barbarie nazi. Combate, una palabra cavada en mi vida como un abismo desde que mi padre la eligió para darle nombre a su periódico.

En sus artículos publicados en ‘Combate’, Camus decía que la misión del periodismo es ayudar al público a “comprender” –y no solo a conocer– lo que está ocurriendo. ¿Instantaneidad o exactitud? Ante esta pregunta, respondía: “Poco importa ser el primero, lo importante es ser el mejor”.

Para Camus el periodista es, ante todo, un ser humano, dotado de ideas y sentimientos y comprometido con los hombres: es la voz de la humanidad que no puede hablar en voz alta.

¿No es esta una razón suficiente para decir que este es el oficio más bello del mundo?

Tomado de El Tiempo
Por: Juan José Hoyos



‘Loving Vincent’, el arte de hacer un largometraje al óleo

El cineasta polaco Hugh Welchman y varios artistas cuentan la experiencia detrás de esta película.

Este videojuego, diseñado en la Universidad Complutense de Madrid, busca reducir el miedo y los errores de los alumnos, así como mejorar sus conocimientos y actitudes.

Pintar un cuadro. Fotografiarlo. Raspar la pintura. Volver a pintar. Fotografiar. Raspar. Pintar. Este es el proceso de animación que se llevó a cabo para crear ‘Loving Vincent’, la primera película pintada al óleo, completamente a mano.

Este largometraje se basa en una serie de cartas escritas por Vincent van Gogh y está compuesto por 65.000 fotogramas pintados por 125 artistas al estilo del gran referente neerlandés. “La idea es de mi esposa, Dorota Kobiela –cuenta el polaco Hugh Welchman, quien dirigió la película junto con su mujer–. Se preparó como pintora, pero después de graduarse y de trabajar en cine, pensó que había perdido su camino. Quería volver a la pintura, pero a la vez quedarse en el cine. Entonces, decidió pintar una película”.

Mientras leía ‘Las cartas de Van Gogh’, el libro que contiene una célebre colección de correspondencia (903 cartas), Dorota se dio cuenta de que la vida de este artista era una hermosa historia y que ella podía contarla mediante las pinturas hechas por él.

Van Gogh falleció en 1890 y la película se basa en su misteriosa muerte. ¿Cómo un hombre pasa de estar tranquilo a suicidarse seis semanas más tarde?, es la pregunta que se plantea el protagonista, Armand Roulin, respecto del autor de ‘Los girasoles’, quien dejó más de 850 pinturas y casi 1.300 trabajos en papel. “Nos llevó cinco años y medio -continúa Welchman–. Tres para escribir y desarrollar el filme, un mes de grabación, cinco de edición y dos años de pintura”. “El gran problema de los financistas era que esto nunca se había hecho, por lo que resultaba riesgoso” Sabían que hacer esta película no iba a ser fácil. Antes que nada, se necesitaban inversionistas. “Creo que la parte más difícil fue persuadir a los financistas –remarca el director, de 42 años–. Encontrar cineastas, actores y pintores fue relativamente directo, todos ellos entendieron, pero creo que el gran problema de los financistas era que esto nunca se había hecho, por lo que resultaba riesgoso”.

Luego de encontrar inversionistas había que buscar profesionales para crear las pinturas. Welchman y su esposa decidieron armar un equipo de 125. “Estábamos nerviosos por tener que juntar a personas acostumbradas a trabajar de manera individual y a tener control absoluto sobre su creatividad”, reconoce el realizador, que había producido una veintena de cortometrajes, entre ellos ‘Peter & the Wolf’. Antes de esta experiencia, su esposa dirigió ‘The Flying Machine’ (2011), una combinación de animación 3D con acción real.

Entrenamiento de artistas “Unimos a los artistas y los entrenamos en animación”, agrega el director. Supervisores y directores investigaron el trabajo de los preseleccionados para ver qué escenas animarían.

“El proceso de reclutamiento se llevó a cabo en varias etapas –explica Piotr Dominiak, uno de los seis supervisores–. El primer nivel fue el portafolio. Los artistas nos enviaron los suyos y los revisamos. Buscábamos artistas que tuvieran habilidades desde el punto de vista de poder copiar pinturas, sobre todo al óleo”.

Los artistas mejor evaluados eran llamados a una prueba de tres días, para ver qué tan rápido copiaban las pinturas de Van Gogh y su capacidad para animar. Los que mostraban más habilidades pasaban a la siguiente etapa, el entrenamiento oficial.

“Tras superar la prueba de tres días, pasabas a una instancia de formación de tres semanas, que consistía en realizar pequeñas escenas en torno de un personaje o dos –detalla Sara Calderón, artista española de 29 años–. La idea era enseñarnos el riguroso proceso para trabajar todos en la misma dirección”.

Durante esta formación, los artistas tenían que copiar un paisaje y un retrato hechos por Van Gogh, y animar dos fotogramas, con uno o dos personajes hablando. Los fotogramas eran de escenas de la película ya realizadas que les servían de referencia.

“Ellos querían ver qué tipo de personaje estábamos acostumbrados a pintar y así asignarnos las escenas de acuerdo con nuestros gustos y habilidades”, detalla Tiffanie Mang, artista estadounidense de 25 años. Durante su entrenamiento, ella tuvo que animar dos escenas: una con el protagonista y otra con el doctor Paul Gachet, quien cuidó a Van Gogh en sus últimos meses de vida (y cuyo retrato pintado al óleo alcanzó un precio récord en 1990: 82,5 millones de dólares).

“Por ejemplo, si un pintor-animador tenía un gran estilo realista, podía ser asignado para una escena en blanco y negro. O si trabajaba con texturas gruesas, podía ser asignado a escenas que hacen referencia directa al trazo de Van Gogh”, agrega Charlene Mosley, de 26 años, también de Estados Unidos.

“Cada uno tiene un estilo propio y todos debíamos aplicarlo a un proyecto en común, en el que, para que la película resultara homogénea, había que seguir el estilo de Van Gogh: sus exactos colores, trazos, etcétera”, continúa González.

“Tuvimos dos o tres etapas de entrenamiento de seis semanas”, añade Dominiak, quien estuvo a cargo de los tres estudios, ubicados en las ciudades polacas de Gdansk y Wroclaw, y en Atenas. Normalmente, en Gdansk hacían el entrenamiento y después la producción les daba a elegir en qué estudio continuar.

Ya durante la producción, los artistas llegaban entre 8 y 10 a. m., desayunaban y después cada uno iba a su estación de trabajo del pintor-animador (o PAW, por su sigla en inglés), donde podían quedarse más de 12 horas. “Era como un pequeño estudio individual para cada artista, que incluía computador, tabla para pintar y animar, proyector, cámara y todo tipo de materiales para trabajar”, detalla Mosley.

“Debíamos trabajar en nuestras escenas y, a la vez, ir revisando el trabajo con los supervisores y directores”, cuenta González. El tiempo con los supervisores era agitado. Apenas llegaban, debían lidiar con las cosas que habían quedado del día anterior, como revisar las correcciones que Kobiela enviaba religiosamente por correo electrónico. Luego veían los asuntos del día: “revisar fotogramas, subir las referencias, reuniones, un almuerzo rápido, revisar fotogramas, aprobaciones de las primeras pinturas, borrar los fotogramas si estaban mal, revisar otros nuevos, explicarles a los artistas qué estaba mal en las animaciones, revisar fotogramas, resolver problemas técnicos, enseñarles a los artistas a trabajar con Dragonframe (‘software’ para animación ‘stop motion’), recordarles exportar sus trabajos todos los días, revisar fotogramas, revisar las animaciones al terminar el día, ir a casa, dormir y, al otro día, repetir”, detalla Dominiak.

Los recursos y el talento ya estaban. Ahora venía la parte más difícil, frustrante y, a la vez, enriquecedora: pintar y animar cada secuencia. ¿Cómo era el proceso? El primer fotograma llevaba de medio a tres días en ser creado. Y dependiendo de la complejidad de la pintura y los factores como el movimiento de cámara, se tardaban entre 15 minutos y 5 horas en pintar los siguientes.

“Todas las escenas tuvieron una primera pintura. Esa era la que tomaba más tiempo, porque el artista pintaba el fondo y los personajes. Desde ese punto comenzaba el proceso de animación. Algunas partes se removían y se volvían a pintar, creando la animación. Pero a veces había movimiento de cámara, lo que significaba que la pintura entera debía ser removida y pintada”, continúa Mosley. Mang tardó alrededor de un mes en cada plano, mientras a que González le llevó seis meses pintar siete escenas, un total de 374 planos.

“A pesar de las noches sin dormir y la constante inhalación de gases tóxicos, no hubiese cambiado este trabajo por nada” Si todo largometraje animado requiere de paciencia, sacrificio y ganas, el equipo de ‘Loving Vincent’ dio eso durante seis años. “Fue el proyecto más difícil y gratificante en el que he trabajado. Logré un respeto aún mayor del que tenía por Van Gogh –expresa Mang–. A pesar de las noches sin dormir y la constante inhalación de gases tóxicos, no hubiese cambiado este trabajo por nada; la experiencia me cambió la vida”.

“Tras un mes en casa, volvimos a Polonia y acudimos al preestreno, donde vimos el trabajo terminado. Allí fue donde me di cuenta de lo afortunada que soy por haber podido vivir todo esto”, dice González.

Todo el equipo compartió el orgullo y la gratificación cuando pudo conocer la obra en su totalidad. “Fue muy emocionante ver cómo todo se había unido con la música en la pantalla. Fue como si todos nosotros hubiésemos hecho una gran pintura animada de Van Gogh”, resume Mosley.

“Lo que pensé fue: ‘¡Mi esposa es brillante! –concluye el director–. Ella tuvo la idea y me involucró en el mejor proyecto de mi carrera, cambió mi visión de la vida. Me siento orgulloso de lo que hemos logrado y de todos los pintores que desplazaron sus vidas, ya que muchos de ellos viajaron por medio mundo para ser parte de este proyecto loco. ¡También pienso que de pronto no estamos tan locos!”.

Tributo en grande

Van Gogh comenzó su carrera a los 27 años. Había trabajado en una firma de arte, fue docente, librero y pastor. Sus primeras obras eran oscuras, pero –a la par de una nueva generación de artistas– comenzó a usar colores vibrantes y desarrolló su estilo mediante pinceladas cortas, con forma cada vez más suelta y expresiva. En 1888, con ayuda de su hermano Theo, abrió un estudio en Arlés (Francia), donde hizo cerca de 200 pinturas, un centenar de dibujos y acuarelas, y escribió más de 200 cartas.

‘Loving Vincent’ se estrena en Colombia el 30 de noviembre.

Tomado de El Tiempo



“Institución Más Galardonada"

El colegio Empresarial de los Andes fue la institución más distinguida por la alcaldía de Neiva por los excelentes resultados en los niveles de primaria, bachillerato y media según los resultados del índice sintético de calidad ICSE del ministerio de Educación y También por los altos resultados SABER ICFES de grado once.

En La foto estudiantes del plantel luciendo los cuatro galardones otorgados por la alcaldía y SecretarÍa de Educación de Neiva.

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En La foto estudiantes del plantel luciendo los cuatro galardones otorgados por la alcaldía y SecretarÍa de Educación de Neiva.

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Por Juan José Hoyos, Para El Tiempo

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