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Una trilogía literaria alrededor de “El Bogotazo”

Mirada a 'El crimen del siglo', 'El incendio de abril' y 'La invención del pasado', de M. Torres.

Torres inició su trilogía con la novela ‘El crimen del siglo’ (2006).

Con el paso del tiempo, la memoria del Bogotazo terminó siendo esto y poco más: un loco armado, un caudillo muerto, una explosión de ira popular hecha saqueos, incendios y muertos, en ese estricto orden.

No para Miguel Torres (Bogotá, 1942) y su trilogía ('El crimen del siglo', 'El incendio de abril' y 'La invención del pasado', Maxi Tusquets, 2019). Porque así como la proporción de los hechos de ese día aún están por establecerse, las 1.268 páginas de su obra esculcan en esa jornada de luto y sangre para permitir que él, el novelista (como dice, palabras más palabras menos, uno de sus personajes) explore en el alma humana, desnude el interior de los seres, penetre hasta lo más profundo de sus conciencias y, de paso, deje que afloren algunos de los tantos estados de la condición humana: odios, bajezas, rencor, traición, envidia, sevicia, crueldad, resentimiento, infidelidad, infamia, locura, sí, con algunos brotes de amor, ternura, compasión solidaridad e incluso alegría, pero siempre a las órdenes del dolor, el fracaso, la frustración, el miedo y la muerte.

Qué duda cabe de que el 9 de abril de 1948 fue la suma de todo aquello, más el nítido retrato de una nación enferma y a peor. Como ya lo eran los días violentos que le precedieron. Y esos muchos otros trágicos que vendrían después y que, por lo visto, siguen sumando.

Mucho se ha escrito sobre el Bogotazo. Lo nuevo y lo importante que hace Miguel Torres es poner en escena a hombres y mujeres ajenos a los círculos de poder y sin distingos de condición social, en medio de circunstancias propias de una hecatombe que los atrapa hasta impedir que decidan por sí mismos. Y nadie mejor que el dramaturgo para hacerlo con detalles que son la historia misma y con diálogos que se funden en el relato.

Bien vale entonces poner sobre la obra de Miguel Torres la fotografía de las posibles circunstancias del hecho. Ya sea para encontrar coincidencias, complementos o nuevos ángulos. Al fin y al cabo, y eso lo sabe él mejor que nadie, el 9 de abril (ese 9 de abril que seguimos siendo los colombianos) tiene aún mucho por decir y por gritar.

Amado y odiado

“Al matar a Gaitán, el hombre más importante del país, el más amado, pero también el más odiado por hereje, por sedicioso y por déspota, él, Juan Roa Sierra, se volvería más importante que el muerto, se convertiría en un héroe para millones de compatriotas, pasaría a la historia por haber cumplido la sagrada misión que el destino le tenía reservada para cubrirse de gloria.” (Fragmento de “El crimen del siglo”).

El perfil del magnicida se proyecta sobre el libro y no al contrario. Roa va y viene como el orate, pero también como el hijo y el padre. Miguel Torres sigue sus pasos que lo llevarán al cadalso, pero también esos otros en el barrio Ricaurte, donde aún sobrevive parte de la casa en que nació y de la que salió temprano aquel día sin saber quizá que iba a enterrar a un país.

Crimen con más testigos

“El campanazo de la iglesia de San Francisco que anunciaba la una de la tarde aún resonaba en mis oídos (...) yo me estaba haciendo embolar los zapatos cuando vi aparecer por la puerta del edificio Agustín Nieto (...) al doctor Jorge Eliécer Gaitán (...) yo me desentendí de Gaitán para ocuparme del embolador (...) cuando oí dos detonaciones consecutivas…

Alfonso, historiador.” (En 'El incendio de abril').

¿Cuántos colombianos vieron morir a Jorge Eliécer Gaitán? Muchos más de los muy pocos que a esa hora, 1:05 de la tarde, aún permanecían en la calle, en una ciudad acostumbrada a recogerse a la hora del almuerzo. Sobre el propio suceso, la gente edificó el mito de haber sido testigo. Los testimonios obtenidos por Miguel Torres muestran otras miradas. Y, sobre todo, otras impresiones.

Un solo dolor

“Cuando iba llegando a la casa, mi mujer me salió al encuentro con el hijo en brazos y me fue diciendo: mijo, mataron a Gaitán. ¿Quién le dijo semejante bestialidad?, le pregunté. Lo acabo de oír por radio, dijo ella sin parar de llorar. Yo sentí que se me encajinaban las manos, los pies, todo el cuerpo…” (En 'El incendio de abril').

¿Dónde están las historias del gaitanismo raso en las horas posteriores al magnicidio? Se las llevan la tormenta que desencadena el crimen y el diluvio de esa misma tarde. El pueblo guardará ese momento para siempre.

¡A la carga!

“A mí nadie me avisó. Yo estaba sentado en una banca del parque de La Perseverancia (...) esperando a mi clientela (...) quién lo mató, cómo lo mataron, dónde lo mataron (...) Vámonos, vámonos todos (...) y nos bajamos en patota, corriendo. Mi mujer no chistó, pensé que me iba a juzgar. ¿Y qué está esperando?, me dijo, corra a ver si los alcanza.

Isaías, escribidor de La Perseverancia. (En 'El incendio de abril').

El pueblo se echó a la calle, como lo hizo Isaías, sin medir consecuencias, empujado solo por el dolor. Ese sentimiento se transformaría primero en ira y, con el paso de las horas, en impotencia, expresadas ambas de mil formas distintas. Y casi siempre sin un norte. Gaitán había advertido la posibilidad de que lo mataran, pero nunca dijo qué hacer si él llegaba a faltar.

El saqueo

“Yo andaba con mi machete y me junté a unos vergajos volados de una cárcel que estaban rompiendo la vitrina de un almacén que queda por la carrera 13, en La Capuchina (...) Yo me hice a un radio nuevecito, un Phillips de dos bandas…

Cipriano, zapatero”.

(En 'El incendio de abril').

El 95 % de los saqueos se localizó en las zonas de incendios, fueron afectados 640 establecimientos con pérdidas en mercancías de 25’726.769 pesos, lo que dejó cesantes a 2.035 empleados (Jacques Aprile-Gniset, 1983 y 'El Espectador' 1948), citado en 'Impacto de El Bogotazo en la actividad residencial y en los servicios de alto rango del centro de Bogotá', de Amparo de Urbina González y Fabio Zambrano Pantoja, Universidad Nacional.

El otro golpe

“El doctor (Laureano) Gómez se paseaba impaciente de un lado a otro de la oficina. Finalmente logré que el doctor Ospina Pérez pasara al teléfono y le hice una señal al doctor Gómez, quien tomó el aparato (...) Presidente, dijo con firmeza, allá van los generales. Hágame el favor y les entrega el poder inmediatamente. Es una cosa de vida o muerte (...) Ospina Pérez dijo algo que no fue de su agrado…

Capitán Cubillos, Escuela Militar de San Diego” (En 'El incendio de abril').

Laureano, el otro golpista que lo intentó el 9 de abril del 48. También fracasó.

El fuego

“Bastan unos pasos para que los resplandores del hotel Regina se mezclen con aquellos que despiden las edificaciones dominadas por el fuego abajo de la parroquia de la Veracruz (...) Es una calle angosta y el calor me obliga a aligerar el paso.

Anna, mientras busca a Francisco, desaparecido para siempre el 9 de abril”. (En 'La invención del pasado')

Las zonas más afectadas por saqueos, incendios y ataques al tranvía las localizadas entre las calles 10 y 13, las carreras cuarta y 13; y la carrera séptima desde el parque Santander hasta la calle 22. Así como las tres manzanas ubicadas entre las calles 11 y 14, y las carreras sexta y séptima.

Un dato curioso: en el avalúo de las construcciones incendiadas hechas por el catastro de Bogotá se incluyó también el valor de la tierra, como si ella hubiera sido incendiada también.

El 15 de abril se creó una Junta Informadora de Daños y Perjuicios. Los incendios afectaron 136 construcciones. Siete de ellas eran oficiales, doce pertenecían a instituciones no gubernamentales y el resto eran de privados.

Citado también en 'Impacto de El Bogotazo en la actividad residencial... '

Tomado de El Tiempo


Proponen regular el uso de celulares en los recreos de las escuelas

El secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos propuso la medida ante los impactos que la tecnología está teniendo en el aprendizaje.

Francia ya prohibió el uso de celulares en los recreos.Pixabay

El secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), el español Mariano Jabonero, abogó, en una entrevista con Efe, por regular el uso de celulares en los recreos de las escuelas, siguiendo el ejemplo de Francia.

Jabonero, quien acudió a Sao Paulo a la I Reunión de Alto Nivel de Representantes Ministeriales e Institucionales de Cultura de la OEI, también alertó sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el aprendizaje de los jóvenes y abordó los desafíos del sector educativo y cultural del espacio Iberoamericano.

Para el secretario general de este organismo multilateral con sede en Madrid, la educación en la región sigue enquistada en la "baja calidad", "la inequidad" y "la poca inclusión".

Pregunta: ¿Cuál es el peso de la industria cultural de Iberoamérica?

Respuesta: La economía de la cultura a nivel mundial tiene un impacto importante, pero en América Latina tiene un impacto relativamente pequeño dentro del mundo. Representa solo el 6 %.

P. Cuando hablamos de educación, siempre se citan países como Corea del Sur, Singapur y Finlandia como ejemplos a seguir.

R. Hay un poco de mitomanía, son países distintos a los nuestros, con un modelo educativo de éxito en un contexto determinado. Recuerdo que el más que más ha avanzado en PISA (la prueba de evaluación escolar de la OCDE) ha sido Perú en la prueba de lectura. Portugal ha sido el que más ha avanzado en la calidad de educación entre los países de la UE en casi 20 años.

P. Curioso el caso de Portugal.

R. Fue intervenido por la "troika comunitaria" (rescate por la crisis económica y financiera) en 2011. Sufrió una situación económica durísima y mejoró más que nadie su educación. Esos automatismos de gastar más y tener mejores resultados, no siempre se cumplen.

P. Volviendo a la Cultura, ¿qué pueden hacer los gobiernos para promoverla sin impactar tanto en sus presupuestos?

R. En el caso de América encontramos a la República Dominicana, que invierte en cultura a través de exenciones fiscales. Es un modelo a seguir (...) Según datos de 2018, hay un país (iberoamericano) que puede superar el 1 % del PIB en Cultura, que es Colombia, y también Brasil. Lo ideal sería una inversión entre el 2 y el 3 %. El retorno para el país sería el doble.

P. ¿Cuál es el talón de Aquiles de la región?

R. Sigue como un sistema educativo de baja calidad, mucha inequidad -con grandes diferencias según la procedencia de la familia-, y poco inclusivo. Hay una mejoría lenta. Aunque viendo el vaso medio lleno, la cobertura educativa es de casi el 95 %, un dato histórico, pero, una vez en la escuela, la calidad no es buena.

P. ¿En algunos países como Brasil se ha invertido demasiado en enseñanza superior en detrimento de la básica?

R. En Brasil se hizo inversión importante en todos los niveles educativos, ahí están los datos. En América Latina, hay 30 millones de estudiantes (crecimiento récord) y el 70 % de ellos vienen de familias en las que nadie fue a la universidad (...) El problema es que actualmente que un hijo vaya a la universidad no garantiza salir de la pobreza.

P. ¿Faltan carreras más técnicas en Latinoamérica?

R. Solo el 2 % de los alumnos ingresan a las carreras agropecuarias, siendo la región más rica del mundo en recursos naturales del sector agropecuario y muy pocos estudian una carrera para aquello que es parte troncal para la economía de la región.

P. ¿Cómo está el salario de los profesores?

R. Ha subido de forma general (...) El caso de (República) Dominicana, Panamá (...) El salario está en unos 1.000 dólares mensuales en la región. Hace ocho o diez años había sueldos de 100 o 200 dólares.

P. ¿Las nuevas tecnológicas son una puerta para las informaciones falsas dentro del alumnado?

R. Hay una inflación de información, sin capacidad de discriminar. Estamos en una cultura digital en la cual el peso de la información controlada a través de algoritmos está condicionando la vida de los ciudadanos (...) Un chico o chica de 15 o 18 años no sabe lo que se va a comprar de ropa en 15 días, pero Google sí (por los algoritmos que dirigen la publicidad a públicos específicos).

P. En las clases, ¿usted es favorable a limitar internet?

R. Lo que diga el maestro. Hay en casos que dentro del aula es un recurso, una puerta de oportunidades, pero en otros casos no tanto. En Francia han prohibido el uso de celulares en los recreos. La imagen de un recreo de un colegio con o sin celular cambia por completo. Con celular, todos parados, quietos. Y sin celular, todos corriendo, haciendo deporte, jugando.

P. ¿Entonces hay que regularlo?

R. Claro. En el recreo lo normal es cantar, charlar, divertirse, cantar, y no estar como autistas con el aparato.

Tomado de El Espectador


Las lecciones que deja el fracaso

Un día, Jessica Lahey, profesora de inglés de una escuela en un pueblo al norte de Estados Unidos, recibió un ensayo de una alumna de octavo básico que la descolocó. El ensayo decía: "A algunas personas les dan miedo las alturas; a otras, el agua; a mí me da miedo el fracaso; esto, para que conste se denomina atiquifobia . Me da tanto miedo hacerlo mal que no me concentro en lo que realmente importa: aprender".

En ese momento, Jessica, admite, sentía mucho enojo hacia los padres de sus alumnos en general. Hace un tiempo que había detectado en los apoderados una paternidad excesiva sobre sus hijos, una necesidad de siempre auxiliarlos y de finalmente criar niños indefensos, e incapaces de ser autónomos.

Durante años, Jessica escribió columnas sobre educación en The Atlantic y en The New York Times. Pero luego de esta revelación, sintió que había encontrado un tema más grande que cualquier columna hubiese abordado antes. Entonces tomó la decisión de escribir el libro "El regalo de fracasar", que publicó en 2015 con la editorial Harper Collins, y que más tarde se convirtió en un éxito de ventas en Estados Unidos, hasta llegar a ser un best seller de The New York Times. El libro lo escribió mientras trabajaba tiempo completo en una escuela: su fuente de inspiración para este nuevo proyecto.

Al inicio del texto la autora da un panorama sobre la crianza actual de los niños y niñas:

-La educación parental de hoy en día, ese afán de sobreprotección por parte de los padres y de evitar el fracaso, no ha hecho más que minar la competencia, la independencia y el potencial académico de toda una generación.

Ceder el control

Una madre le quita de las manos a su hijo la esponja con la que limpia la leche que él derramó, lo manda a jugar y ella continúa con la tarea para terminar más rápido. Un padre supervisa el juego de su hija con una amiga en un cajón de arena, para que no haya peleas, y cada vez que una de las niñas comienza a discutir la soborna con algún regalito: su objetivo es que jueguen tranquilamente, que no haya conflicto. Una madre llega a gritar descontrolada a la oficina de profesores para exigir una solución por una mala nota que podría afectar la carrera de su hijo a una universidad prestigiosa.

Son algunos de los ejemplos con los que Jessica Lahey ilustra en su libro el miedo de los padres de que sus hijos fracasen. Un temor que como profesora ve en los apoderados y también en ella misma como madre, pero que en su libro trata de erradicar y cambiar el foco: en vez de sentir miedo al fracaso, lo presenta como una oportunidad necesaria para el crecimiento y desarrollo de los niños y niñas.

-Cuando protegemos en exceso a nuestros hijos ya sea por una necesidad de perfeccionismo, un deseo de mostrar cariño o una necesidad de demostrar lo buenos padres que somos, les estamos negando la oportunidad de ser miembros de pleno derecho de la familia, con sus obligaciones y responsabilidades. Les estamos denegando el regalo del fracaso y olvidamos que las enseñanzas más importantes se producen en las situaciones caóticas -explica en su libro.

Lahey dice que el hecho de que los padres sientan miedo frente a la posibilidad de que sus hijos fracasen es comprensible. -Bastante aterrador resulta ya el fracaso cuando eres tú el que se enfrenta a él en primera instancia, por lo que no es de extrañar que nos dejemos arrastrar por esa primitiva y abrumadora necesidad de proteger a nuestros hijos -señala en el libro. -Todo esto causa que los padres monitoreen a sus hijos en sus teléfonos, revisen sus notas en internet y los mantengan siempre dentro de la casa, cuando lo que realmente necesitan es jugar, probar cosas nuevas, aprender de sus errores y tener oportunidades de meterse en problemas y resolverlos. Cuando programamos en exceso a nuestros hijos (...) les enseñamos a ser indefensos y, desafortunadamente, esa impotencia conduce a una falta de autonomía y, en última instancia, a la desesperanza.

Lo que Jessica Lahey hace en su libro es aprender a ceder el control sobre los hijos. Explica que al estar constantemente ahí para acudir a su ayuda se está mandando un mensaje claro: que no se confía en la capacidad del niño o niña de encontrar la solución por sí mismo. Finalmente, señala que mantenerse al margen es enseñarles que ellos tienen la fuerza interior para superar un fracaso.

No subestimarlos

El primer paso que Jessica Lahey propone para dejar que los niños se las arreglen solos y se enfrenten a sus primeros fracasos es involucrándolos en las tareas de la casa: desde echar la ropa sucia en el canasto, reciclar, retirar los platos, dar de comer al perro o hacer la cama.

-Solo porque tu hijo no haya usado nunca una lavadora o no haya metido los platos antes en el lavavajillas significa que no sea capaz de hacerlo. Los niños son creativos e ingeniosos y pueden realizar las tareas que parecen más inasequibles -argumenta Jessica, quien además advierte que mientras los hijos están aprendiendo a ser útiles en la casa es posible que no se vea tan perfecta como siempre.

Otro paso importante en el aprendizaje de los fracasos es que los padres no se entrometan en las relaciones de sus hijos con sus pares y sus amigos. “Las peleas, las disputas, los vacíos, las rupturas constituyen oportunidades valiosísimas de crecimiento personal, pese a las lágrimas de dolor que llevan consigo. Los conflictos sociales que tienen lugar en la infancia forman parte de nuestra educación en las relaciones humanas y no ser capaz de negociar también enseña”, dice.

Esto es cuando los niños son chicos, pero Jessica Lahey invita a mantener la táctica de no meterse en las amistades de los hijos también en la adolescencia.

La misma regla mantiene la autora cuando los padres ven que su hijo está siendo excluido o le está costando hacer amigos: no intervenir. "Muestre comprensión hacia su tristeza, pero no intente arreglar una situación que escapa de su control".

“Los niños con padres que les dicen cómo hacer las cosas, dónde deben hacerlo, en qué orden y en con qué lápiz, son niños que no se sienten cómodos con la frustración y no pueden sentarse a enfrentarla y trabajarla, son finalmente niños que no aprenden tan bien en la escuela” dice la autora.

La conclusión es obvia: los padres y profesores tienen que trabajar juntos para que los estudiantes aprendan. Finalmente, ambos deben formar niños y niñas autónomos y capaces para que puedan enfrentar la vida. Bajo esta idea el libro termina con la siguiente reflexión: "Los padres no tenemos acceso a spoilers y no podemos pasar los capítulos incómodos de la vida de nuestros pequeños para llegar al final feliz. Lo que es aún peor, no podemos saber siquiera si habrá un final feliz".

Tomado de El Tiempo


Abecé para padres con hijos adolescentes

En ¿Quién se robó a mi hijo?, el psicólogo Carl E. Pickhardt, autor de 15 best Sellers sobre paternidad y adolescencia, aconseja qué hacer cuando los hijos se acercan a la adultez.

Cada vez que el psicólogo Carl E. Pickhardt escribe un libro es un éxito de ventas. Así ha ocurrido al menos con los 15 best Sellers que ha publicado sobre un tema que lo apasiona: la paternidad y la adolescencia. El último, ¿Quién se robó a mi hijo?, no podía ser la excepción. El título refleja gran empatía hacia la sensación abrumadora de vacío que enfrentan los padres cuando ven a su hijo, antes cariñoso, encerrado en su pieza con audífonos, inmerso en un mundo propio al que solo algunos afortunados -amigos, principalmente pueden entrar.

“Es un libro a la vez descriptivo, porque muestra qué esperar en cada etapa de la adolescencia, pero también prescriptivo: dice qué hacer. Le puse ese título porque la adolescencia comienza con un sentimiento de pérdida”, explica desde su consultorio en Austin, Texas. “Pienso que la mayoría de personas no sabe qué cambios esperar cuando sus hijos atraviesan la adolescencia, y esto hace que estén innecesariamente ansiosas” -agrega-. Mejor informados, los padres pueden estar mejor preparados. Mejor preparados, corren menos riesgos de sobrerreaccionar al sorprenderse. Menos sorprendidos, pueden estar más aptos para hacer frente a esto de manera efectiva”.

Lo primero, dice, es comprender que la pérdida no la viven solo los padres; también los hijos sufren al enfrentar la falta de cercanía con sus padres. Y esto exige un proceso de adaptación de ambas partes que, según la mayoría de especialistas, comienza con la pubertad y los primeros signos de madurez sexual.

Pickhardt -también ilustrador gráfico- es un conferencista muy solicitado en su país, principalmente por colegios y agrupaciones de padres. Ahí, cuenta, lo que más recibe son preguntas sobre cómo lograr el bienestar emocional y físico de los hijos, a una edad en la que el riesgo es parte de la vida. Los índices de consumo de drogas y alcohol, y hasta de involucramiento de conductas delictivas, dan cuenta de que no todos los adolescentes entienden la importancia de cuidarse para proteger lo que más se tiene a esa edad: futuro.

La relación con internet

Internet, dice, es “la invención del más grande circo de entretenimiento y escape que jamás haya sido diseñado por la humanidad”. La relación que se tenga con ella -afirma- determinará en gran parte su vida social, su educación y, ya de adultos, su vida laboral. Abstenerse de ella es, en la práctica, imposible; por eso sostiene que los padres deben asegurarse de que sus hijos cumplan con tres competencias claves. La primera: saber cuáles son los riesgos y peligros que ahí acechan. Segunda: aprender a reconocer cuándo un aparentemente inocente clic será rentable para alguien. Y tercera, la más importante: mantener un adecuado balance entre actividad online y offline. “Lo central es que el crecimiento offline no sea sacrificado y que la vida en línea no se convierta en un escape”, dice.

Pickhardt cree que es vital que tanto los padres como los adolescentes comprendan bien los cambios que trae cada etapa de esta senda hacia la adultez. Si bien la Organización Mundial de la Salud ubica la adolescencia entre los 10 y los 19 años, Pickhardt la distribuye en cuatro etapas, que van desde los 9 hasta los 23 años. La primera etapa ocurre entre los 9 y los 13 años y es experimentada como una mayor desorganización y facilidad para distraerse frente al nuevo mundo que comienza a abrirse. “El sistema de autoadministración que la persona usaba en su infancia ya no es suficiente para lidiar con la vida adolescente. Los padres necesitan hacer acompañamiento para apoyar a sus hijos en la creación de un nuevo sistema que los ayude a organizarse”, dice.

Entre los 13 y los 15 la vida del adolescente gira en torno a formar lo que Pickhardt llama “familia de amigos”. Esta búsqueda coincide con el momento en el que las inseguridades aumentan, producto de la pérdida de efectividad de las estrategias que usaron cuando niños. Por eso, el rol de los padres, dice el psicólogo, es asegurarse de que la casa esté libre de bromas: no se pueden permitir las burlas ni la sensación de vergüenza.

Más tarde, entre los 15 y los 18, aumenta el deseo de involucrarse en actividades adultas -desde ir a fiestas a manejar- por lo que la seguridad personal se convierte en un tema de mayor importancia. El consejo de Pickhardt es que no se cansen de informar continuamente a sus hijos sobre los riesgos asociados con este tipo de conductas y entregarles herramientas para reaccionar en caso de problemas.

Finalmente, entre los 18 y los 23, el proceso gradual de búsqueda de autonomía se va afirmando. “En esta etapa, los padres no deben ser una especie de administradores a cargo de arreglarlo todo -advierte-. Más bien, deben actuar como mentores que saben dar asesoría y consejos cuando es necesario. No se permiten la crítica, la preocupación, la rabia o la decepción”.

El no como respuesta

¿Cómo pueden los padres evitar sentirse desalentados cuando reciben muchos noes como respuesta frente a cualquier intento por pasar más tiempo juntos? “El rol primario de los padres es permanecer cariñosa y comunicativamente conectados con sus hijos a medida que la adolescencia los va distanciando, como está destinado a ocurrir. Esto significa que un trabajo de los padres es mantener la iniciativa de buscar espacios para generar vínculos positivos: conversaciones o actividades que puedan disfrutar juntos. Esto mantiene viva y con buena salud la percepción de mutuo cuidado y cariño. Las respuestas negativas del adolescente no debieran causar desaliento o rechazo. Lo que importa es que los padres mantengan una iniciativa positiva.

Para Pickhardt, un buen ejemplo de esta “iniciativa positiva” es aprender a entender y valorar las discusiones, que aumentan a partir de los 13 años, como una nueva forma de comunicación. Este aprendizaje sería uno de los “cambios de switch” que, según Pickhardt, la adolescencia obliga a enfrentar.

Tomado de El Tiempo

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